En el contexto de la más severa crisis social y económica en décadas, el poder en Cuba parece permanecer anclado en los apellidos tradicionales. Un artículo del Wall Street Journal indica que la dinastía de Raúl Castro está reforzando su poder en los altos niveles del país, justo cuando La Habana se encuentra en negociaciones con Estados Unidos en un escenario de significativas tensiones.
La investigación destaca un fenómeno que muchos cubanos han sospechado durante años y que indica que el cambio dentro del sistema no es político, sino de carácter familiar. Descendientes del antiguo líder de 94 años, incluyendo hijos, nietos y sobrinos, están asumiendo roles esenciales o adquiriendo relevancia en decisiones estratégicas, mientras la población lidia con apagones, carencias y un deterioro acelerado de las condiciones de vida.
Uno de los individuos que más destaca es Raúl Rodríguez Castro, nieto del líder histórico, apodado “El Cangrejo”. De acuerdo con las fuentes mencionadas, ha estado involucrado en contactos con oficiales estadounidenses y se ha posicionado como una figura de confianza dentro del círculo más íntimo del poder. Su relación con su abuelo va más allá de lo simbólico, ya que actúa como mediador, controla accesos y tiene influencia en decisiones críticas.
Junto a él resurge Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl, quien es general del Ministerio del Interior y es visto como una figura firme dentro del sistema. Conocido como “El Tuerto”, retoma un papel en las negociaciones con Washington, recuperando el protagonismo que había tenido durante el acercamiento diplomático de 2015.
Sin embargo, el aumento en posiciones de poder no se limita a estos individuos. También resalta la rápida ascensión de Oscar Pérez-Oliva, sobrino nieto de Raúl Castro, quien en solo dos años ha pasado de un puesto intermedio en el puerto del Mariel a viceprimer ministro y figura con aspiraciones presidenciales. Su reciente discurso, diseñado para atraer inversiones de cubanos en el exterior, refleja un esfuerzo por promocionar una apertura económica que contrasta con la dura realidad que se vive en la isla.
Detrás de esta red familiar se encuentra otro aspecto crucial: el control económico. Muchos de estos actores están conectados a GAESA, el conglomerado militar que prevalece en sectores estratégicos como el turismo, divisas y combustible. Los analistas citados en el artículo apuntan que este grupo ejerce un gran control sobre la economía nacional, estableciendo un modelo en el que el poder político y económico se encuentra en manos de una misma élite.
Mientras tanto, el país enfrenta una fase crítica. La crisis energética ha paralizado gran parte de la actividad económica y la escasez afecta a millones de hogares. En este contexto, las negociaciones con Estados Unidos se desarrollan bajo la amenaza de nuevas presiones, que incluyen medidas que podrían agravar aún más la situación interna.
Para muchos analistas, lo que se vislumbra no es una transición, sino una continuidad enmascarada. “El futuro del país depende de esa familia”, advierte un periodista cubano mencionado por el diario, quien llega a describir el sistema como una suerte de “monarquía”.
En una nación en la que un número creciente de ciudadanos cubanos se interroga sobre su supervivencia o su posibilidad de emigrar, el informe ofrece una representación clara: mientras la emergencia se intensifica para la ciudadanía, la autoridad persiste en permanecer en su lugar.
