Celos con cuchillo: cuando el ex ya se fue, pero el drama se queda rentando cuarto

Hay gente que supera al ex con terapia, amigos, una peda moderada y el noble arte de bloquearlo de todas partes. Y luego está el nivel “se me botó la canica”: convertir una bronca de amores en un episodio de violencia que no tiene ni tantita madre.

En Houston, una joven enfrenta acusaciones tras un presunto ataque contra la nueva pareja de su exnovio, quien estaba embarazada. Según los reportes, la víctima habría sufrido heridas durante un forcejeo. El asunto no es chisme sabroso ni novela de las nueve: es un caso grave, con una mujer lesionada y autoridades investigando.

Pero, caray, hay que decirlo con todas sus letras: el ex no es propiedad privada, no es tamal envuelto para “apartarlo” y tampoco es premio de tómbola. Si el fulano ya cambió de capítulo, lo que sigue no es sacar filo ni querer meter miedo; lo que sigue es agarrar aire, agarrar dignidad y, de preferencia, agarrar camino.

Lo más absurdo del relato es que la víctima habría llegado a una casa tras conocer a la sospechosa en la iglesia. Uno espera un “Dios te bendiga”, un café aguado o una plática de vecinas; no que el ambiente se ponga más tenso que cinturón después de tacos al pastor. Si las acusaciones se comprueban, esto no fue un arrebato romántico: fue una decisión peligrosa y una pendejada monumental.

Y ojo: los celos pican, claro que pican. Se meten por donde no deben, hacen ruido y dejan todo bien enchilado. Pero sentir coraje no da licencia para lastimar a nadie, mucho menos a una persona embarazada. Una cosa es mandar indirectas con canciones dolidas; otra, muy distinta, es llevar el conflicto a un terreno donde alguien puede perder mucho más que la paciencia.

También se ha señalado que habría existido un incidente previo relacionado con otra mujer embarazada. Eso, de ser confirmado por el proceso judicial, debería encender focos rojos del tamaño de una taquería a medianoche. Porque cuando la violencia se repite, ya no es “un mal momento”: es un problema serio que exige intervención, responsabilidad y consecuencias.

Así que, banda: cuando el amor se acaba, se llora, se maldice tantito al universo y se sigue adelante. Pero no se confunde el despecho con derecho de propiedad. Porque el único filo que debería salir en estos casos es el de una buena frase para cerrar la puerta: “vete mucho a la chingada, pero vete en paz”.

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