El primer ministro de Canadá, Mark Carney, convirtió el conflicto comercial con Donald Trump en una prueba para una estrategia que podría superar las fronteras canadienses. Hacer frente a la presión estadounidense, incluso a costa de sufrir un impacto económico considerable, fue clave para preservar la autonomía y evitar que la dependencia comercial se volviera una sumisión política.
La decisión de la capital canadiense de finalizar las negociaciones el viernes, tras considerar inaceptables las recientes demandas de Estados Unidos, y de permitir la implementación de aranceles del 50% en productos canadienses que suman cerca de 20.000 millones de dólares, materializó una idea que Carney había defendido meses antes: las naciones intermedias deben aprender a resistir la coerción económica de las potencias más grandes en un contexto internacional donde las alianzas tradicionales ofrecen cada vez menos defensa.
“Responderemos”, declaró Carney al anunciar medidas de represalia dólar por dólar a partir del 8 de septiembre.
El enfrentamiento con Trump podría convertirse en un precedente para otros aliados de Estados Unidos que también han sido afectados por la política arancelaria de la administración y que, hasta ahora, han optado por negociar, retrasar represalias o aceptar condiciones para mantener el acceso al mercado estadounidense.
¿Cuánto puede un país ceder para eludir los aranceles y en qué momento el coste de hacerlo supera el daño de resistir?
La ruptura no ocurrió solo por el importe de los aranceles. Según Carney, durante las últimas horas de las negociaciones, Washington propuso una exigencia que habría restringido la capacidad de Canadá para formalizar acuerdos comerciales con otras naciones.
Para el primer ministro, esa exigencia cruzó una línea inaceptable.
“Era inaceptable” y representaba “una cuestión de soberanía”, argumentó. El primer ministro de Columbia Británica, David Eby, fue aún más lejos al indicar que aceptar tal condición habría reducido a Canadá “al equivalente económico del estado 51”, en alusión directa al recurrente deseo de Trump de convertir al país en el estado número 51 de Estados Unidos.
El propio Trump volvió a utilizar esa idea el domingo, al señalar en Truth Social que Canadá “desea los beneficios de ser un Estado, sin tener esa condición” y volvió a acusar a Ottawa de imponer altos aranceles sobre productos estadounidenses.
En enero, durante el Foro Económico Mundial en Davos, Carney mencionó que el orden internacional estaba atravesando “una ruptura, no una transición” y advirtió que la soberanía de las naciones dependería cada vez más de su habilidad para “resistir la presión”.
También señaló que las potencias intermedias que negociaban de manera individual con grandes naciones lo hacían desde una posición de vulnerabilidad.
La respuesta de Trump fue una advertencia que hoy tiene un nuevo significado: “Canadá sobrevive gracias a Estados Unidos”. Siete meses después, el conflicto comercial se convirtió en el escenario real para determinar quién tenía la razón.
“Nuestra administración entendió, antes que muchos, que Estados Unidos alteraría todas sus relaciones comerciales”, afirmó Carney el sábado. Acusó a Washington de utilizar “la integración económica como un arma”.
La fragilidad de la estrategia canadiense radica en su significativa dependencia económica de Estados Unidos.
Casi el 75% de las exportaciones canadienses de bienes se dirigen hacia el mercado estadounidense, cuya economía es aproximadamente diez veces más grande. Además, ambas naciones poseen cadenas de producción que están profundamente interconectadas en sectores como la automoción, la energía, los metales y la agricultura.
Carney ha afirmado que las represalias “incrementarán los costos y disminuirán las opciones disponibles para los canadienses”. Aunque Canadá puede explorar nuevos tratados comerciales y diversificar sus mercados, reemplazar a los clientes estadounidenses y las cadenas de suministro que se han desarrollado a lo largo de varias décadas no es un proceso que se pueda realizar de manera rápida.
Sin embargo, esta dependencia es mutua. El comercio entre ambos países supera los 700.000 millones de dólares al año, y las empresas estadounidenses requieren productos provenientes de Canadá como petróleo, madera, energía y fertilizantes. Por ejemplo, muchos agricultores estadounidenses dependen en gran medida de Canadá para una gran parte de la potasa que utilizan.
El desenlace de esta tensión será seguido con interés por otras naciones que también han negociado con Washington durante la ofensiva arancelaria emprendida por Trump.
En el último año, Estados Unidos firmó acuerdos con países como Malasia, Camboya y Argentina, además de establecer marcos comerciales con la Unión Europea, el Reino Unido y Japón. La posibilidad de que las concesiones logradas por Washington en un país se conviertan en un nuevo estándar para las exigencias a otros socios genera inquietud entre varios negociadores.
Wendy Cutler, quien fue negociadora comercial para Estados Unidos, consideró que el fracaso de las discusiones con Canadá representa un “gran revés” para la política de Trump y apuntó que otros países seguramente observarán de cerca el desarrollo de este conflicto.
Por su parte, la Unión Europea se preparó el año pasado para imponer aranceles de represalia contra Estados Unidos, aunque suspendió su aplicación en varias ocasiones mientras sostenía negociaciones con Washington.
En lugar de ceder a las más recientes demandas y evitar así nuevos aranceles, Canadá optó por afrontar abiertamente el costo de un conflicto, al menos por el momento. “¿Provocará esto un efecto en cadena? El tiempo lo dirá”, reflexionó Nelson Wiseman, profesor emérito de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto.
La respuesta dependerá de si Carney es capaz de demostrar que una postura de resistencia puede generar resultados sin causar un daño económico que Canadá no pueda soportar. Si puede mantener activas las cadenas comerciales, diversificar los mercados y eventualmente regresar a la mesa de negociaciones con una posición más fortalecida, otros países podrían ver en su estrategia una alternativa a someterse a las condiciones impuestas por Washington.
